Las personas que comen sin estar pensando si van a engordar o no, no aumentan de peso –excepto casos excepcionales– porque no tienen a un enemigo interno obstaculizándolos.
Cuando la gente se obsesiona con perder peso, arma reglas y rutinas que les impiden pensar en otra cosa. Se empiezan a restringir demasiado las comidas por miedo a engordar y hasta terminan pasando hambre. Esto genera que se coma más, porque la mente se siente boicoteada y no se siente capaz de seguir una dieta, que termina abandonando.
Comparaciones odiosas
Además, aparece el síndrome de comparación: sienten que todo lo que hacen no sirve, se comparan con figuras aspiracionales. Se miran al espejo y empiezan a notar todo lo que no les gusta de su cuerpo, pensando lo imposible que es estar bien.