Salir a comer: pedir para llevar
Cuando dejé la dieta líquida luego de la cirugía bariátrica, pude de a poco retomar mi vida normal y mis salidas nocturnas a restaurantes o pub. Ahí es cuando uno se da cuenta que hay pocas opciones de menús realmente saludables y que uno comía puras porquerías,. Un tiempo me equivoqué, ya que le di fuerte a los jugos naturales pensando que eran saludables, pero al rato me prohibieron que tomara muchos vasos a la semana porque un puro vaso podía tener más de una unidad de fruta (y por ende mucha azúcar) , lo que es mucho parece. La regla fue no más de un vaso de jugo natural a la semana. Y con lo que me gusta el jugo de naranja natural!
Pero más allá de eso, me empezó a dar lata el pedir platos y sentir que botaba la plata, ya que daba dos mascasos y ya no podía seguir comiendo. Además, me ponía nerviosa el ver que quedaba comida en el plato. A quien no le enseñaron cuando chica que había que comerse TODA la comida porque habían niñitos que no tenían que comer. Y ante eso, tuve dos caminos: la primera, le daba mi comida al pololo. Al final, los kilos que bajaba yo, los empezó a subir él jaja. Y a mi me ponía feliz verlo comer. O trataba de comer lo que más podía, lo que era un drama porque a los dos minutos me empezaba a sentir mal, me daban bochornos y nos teníamos que ir para la casa. No era un buen final de un carrete. Hasta que aprendí.
La solución era fácil, todo lo que me sobraba lo empecé a pedir para llevar. Y aunque hay mozos que te miran feo, me da lo mismo. Todos los restaurantes tienen potes para llevar y si no, los inventan. Un día me dieron un caldillo de congrio en un pote de mermelada. Lo que sobró ayer, me sirve para mi almuerzo y/o cena para hoy. Simple, práctico y barato. Y así no sufre mi mente, no sube de peso el pololo y yo me como sólo la porción que corresponde.
Fran O.